Lejos de nuestras retóricas políticas habituales, el atroz asesinato de Ignacio Uría en Azpeitia nos vuelve a demostrar, con crudeza, la lacra sanguinaria que este pueblo viene sufriendo durante décadas en nombre de quienes sólo quieren hundirnos en su propia miseria. A lo largo de todo este tiempo, hay hombres y mujeres, familias enteras, resquebrajadas y rotas por las ausencias que ETA nos ha impuesto. Hay niños de mirada perdida en cada uno de nuestros pueblos y ciudades; hay centenares de personas que han perdido el fulgor de su mirada cansadas de buscar en sus mentes a los seres queridos que ETA nos arrebató.
