Nos encontramos en el difícil contexto de la globalización económica. Este proceso ha asegurado la libre circulación de capitales en buena parte del mundo sin terminar de caer en la cuenta de muchas de las limitaciones que, poco a poco, hemos comenzado a descubrir.
El mercado determina las inversiones y la producción, pero el mercado, en el contexto de la globalización, no satisface en muchas ocasiones las necesidades básicas, sino las necesidades artificialmente creadas por el propio mercado y nuestras formas de consumo insostenibles. El mercado, en gran medida, no tiene otro valor añadido que el lucro dinerario. La gente, las personas, para la globalización económica, acaban careciendo de valor social o humano. Al final, las propias necesidades comunes de las personas y sus aspiraciones tampoco tienen demasiado valor para la globalización económica. Mientras se fomenta el libre movimiento de capitales, buena parte de los trabajadores no tienen libertad de circulación y establecimiento, si no es en función de cupos, complicados trámites burocráticos y el riesgo de cuestionar, incluso, su propia dignidad en función de la nacionalidad de cada cual y el país de “acogida”. No termina de existir una verdadera justicia distributiva ni ética más allá de la capacidad de globalización de cada Estado, empresa o persona. Autores de todos los continentes como Sachs, Fukuda, Martín Mateo, Loperena o Kocherry vienen advirtiendo de estas y otras muchas cuestiones. La Directiva Europea sobre el retorno de los inmigrantes es una muestra más de este peligroso proceso.
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